Las 15 personas más influyentes de la tecnología
La policía del estado de Nuevo Mexico detuvo el trece de deciembre de 1977 a un joven rubio que conducía sin licencia. Lo llevó a la comisaría y le hizo varias fotos de frente y de perfil. El joven de 22 años, que usaba gafas enormes, sonrío mientras sostenía su número de ficha policial: 105.519. Le parecía divertido todo aquello. No era la primera vez que este chico daba un disgusto a sus padres. Dos años antes, en 1975, el chaval había dejado la universidad, pero no cualquier universidad sino Harvard, la fábrica de talentos mundiales.
La verdad es que no era muy aplicado.
"Durante mi primer año, instituí una política deliberada de saltarme la
mayoría de las clases para después estudiar febrilmente al final del
curso", confesaría muchos años después en un libro de recuerdos. ¿Y qué
hacía durante su tiempo libre? "Llené mis horas de ocio con una buena
cantidad de póquer".
Tahúr,
travieso, vago... ni los policías del estado de Nuevo México ni los profesores
de Harvard podían imaginar que aquel chico se convertiría en la mayor fortuna del universo 20
años después. Su ocupación: hacer programas de ordenador. Y, ahora, la pregunta
del millón: ¿cómo llegó tan lejos aquel gafotas que jugaba al póquer en la
universidad?
Viniendo de una saga con tanto
dinero, no tuvo problemas para entrar a los 13 años en Lakeside School, la
escuela más prestigiosa y cara de Seattle, donde descubrió muy pronto su pasión
por los ordenadores gracias al Club de Madres. Y es que tras una rifa benéfica,
este grupo de mujeres hizo algo que años después agradecería la humanidad
entera: comprar un ordenador para el colegio. Bill Gates y su amigo Paul Allen programaban
juegos sencillos sentados frente a aquel enorme, pesado y
lento aparato hasta que éste deglutía los resultados, que luego aparecían en
una gran impresora. "Entonces, nos lanzábamos sobre ella para echar un
vistazo y ver quién había ganado", confiesa Gates en su autobiografía. Una
maniobra que tardaba ¡30 segundos! Aquel trasto, llamado PDP- 8, fabricado por Digital Equipment, costaba 18.000
dólares (unos 13.400 euros). Ocupaba el tamaño de un pequeño armario de metro y
medio de altura, pero sirvió para que un joven de 13 años soñase con que algún día
millones de individuos podrían tener sus propias computadoras. "Estoy
seguro de que una de las razones por las que estaba tan decidido a ayudar a que
se desarrollara el ordenador personal era porque quería tener uno para
mí", ha dicho varias veces.

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